LA ESPERANZA

LA ESPERANZA

La esperanza x Erich Fromm

La esperanza es un elemento decisivo para cualquier intento de efectuar cambios sociales que lleven a una vivacidad, conciencia y razón mayores. Pero a menudo se malinterpreta y se confunde la naturaleza de la esperanza con actitudes que no tienen nada qué ver con la esperanza y que, de hecho, son lo opuesto.
¿Qué significa esperar?
¿Significa acaso, como muchos piensan, tener anhelos y deseos?
De ser así, aquellos que desean tener más y mejores automóviles, casas y artefactos eléctricos serán individuos esperanzados. Pero no lo son. Son gente ansiosa de consumir más y de ninguna manera gente con esperanza.
¿Se tiene esperanza cuando el objeto de ésta no es una cosa sino una vida más plena, un estado mayor de vivacidad, una liberación del eterno hastío, o cuando se persigue, para usar un término teológico, la salvación o, empleando uno político, la revolución? A esta clase de expectación, en verdad, podría llamársele esperanza; pero no debe hacerse así si posee la cualidad de la pasividad y de la espera, a menos que se quiera hacer de la esperanza, en efecto, una envoltura para la resignación, una mera ideología. Kafka ha descrito bellamente esta clase de esperanza pasiva y resignada en una anécdota de El proceso. Un hombre llega a la puerta que conduce la gloria (la Ley) e implora del que la guarda lo deje pasar. El portero le dice que por el momento no puede admitirlo. Aunque la puerta que lleva a la Ley permanece abierta, el hombre decide que mejor debe esperar hasta obtener el permiso para entrar. En consecuencia, toma asiento y espera ahí durante días y años. Repetidamente pregunta si ya lo dejarán pasar, pero siempre le responden que todavía no puede hacerlo. A lo largo de todos estos años, el hombre estudia al portero casi sin interrupción y aprende a conocer todo de él, incluso las pulgas de su cuello, de su piel. Finalmente, está viejo y próximo a la muerte. Y entonces, por primera vez pregunta: “¿Cómo es que en todos estos largos años nadie más que yo ha venido a pedir para que lo dejen entrar?” A lo que el portero le contesta: “Nadie sino usted pudo ganar esta puerta, dado que a usted estaba destinada. Ahora voy a cerrarla”.
El anciano estaba demasiado viejo para comprender, aunque tal vez tampoco hubiera comprendido de haber sido más joven. Los burócratas tienen aquí la última palabra; a la negativa de ellos, él no podía pasar. Pero si hubiera tenido algo más que esta pasiva y expectante esperanza, él habría entrado y su valor para hacer caso omiso de los burócratas habría constituido el acto liberador que lo habría conducido al reluciente palacio. Muchos individuos son como el anciano de Kafka. Conciben esperanzas, pero no les es dado actuar de acuerdo al impulso de su corazón, y mientras los burócratas no les permiten el paso ellos esperan y esperan.
Esta clase de esperanza pasiva se halla estrechamente relacionada con una forma generalizada de esperanza que podía describirse como temporal. El tiempo y el futuro vienen a ser la categoría central de este tipo de esperanzas. No se espera que ocurra nada en el ahora sino únicamente en el momento siguiente, el día siguiente o el año venidero, y si es bastante absurdo creer que la esperanza pueda realizarse en este mundo, se espera que ocurra en otro. Tras esa creencia se encuentra la idolatría del “futuro”, la “historia” y la “posteridad” que comenzó con hombres, como Robespierre en la revolución Francesa, que reverenciaban al futuro como divinidad. No hago nada me mantengo pasivo – se decían -, porque no soy nada ni puedo nada; pero el futuro, la proyección del tiempo, llevará a cabo lo que yo no puedo conseguir. Este culto por el futuro, que es un aspecto diferente del culto por el “progreso” en el pensamiento burgués moderno, constituye precisamente la enajenación de la esperanza. En lugar de aquello que hago o llego a ser, los ídolos del futuro y de la posteridad realizarán algo sin que yo haga nada.
La espera pasiva es una forma disfrazada de desesperanza y de impotencia, pero hay otra forma de desesperanza que adquiere exactamente el disfraz opuesto, a saber, el disfraz de la frase hecha y el aventurerismo, del desprecio por la realidad y del violentamiento de lo que no puede violentarse.

La esperanza es paradójica. No es ni una espera pasiva ni un violentamiento ajeno a la realidad de circunstancias que no se presentarán. Es digámoslo así, como un tigre agazapado que sólo saltará cuando haya llegado el momento preciso.

La fe

Hay una importante diferencia entre la fe racional y la fe irracional. Mientras la fe racional es el resultado de la propia disposición interna a la acción (activeness) intelectiva o afectiva, la fe irracional es el sometimiento a algo dado que se admite como verdadero sin importar si lo es o no. El elemento esencial de toda fe irracional es su carácter pasivo, bien sea su objeto un ídolo, un líder o una ideología. Hasta el científico necesita liberarse de la fe irracional en las ideas tradicionales para tener una fe racional en el poder de su pensamiento creador. Una vez que su descubrimiento es “demostrado” ya no necesita “tener fe” en una persona significa estar seguro de su centro, esto es de que sus actitudes fundamentales permanecerán y no cambiarán. En el mismo sentido, podemos tener fe en nosotros mismos: no en la constancia de nuestras opiniones, sino en nuestra orientación básica hacía la vida, en la matriz de nuestra estructura de carácter. Semejante fe está condicionada por la experiencia de si mismo, por nuestra capacidad para decir “yo” legítimamente, por la sensación de nuestra identidad.

La esperanza es el temple de ánimo que acompaña la fe, la cual no podría mantenerse sin la disposición anímica de la esperanza. La esperanza no puede asentarse más que la fe.

Fortaleza

Hay todavía otro elemento vinculado con la esperanza y la fe en la estructura de la vida: el coraje o, como Spinoza dice, la fortaleza. Quizá fortaleza sea un termino menos ambiguo ya que hoy en día coraje se emplea con mayor frecuencia para indicar más bien el valor ante la muerte que el valor para vivir. La fortaleza es la capacidad para resistir la tentación de comprometer la esperanza y la fe transformándolas – y, por ende, destruyéndolas – en optimismo vacío o en fe irracional. Fortaleza es la capacidad de decir “no” cuando el mundo querría oír un “si”.

Pero no se comprenderá plenamente lo que la fortaleza a menos que mencionemos otro aspecto de la misma: la intrepidez u osadía. La persona intrépida no teme a las amenazas, ni siquiera a la muerte. Más, como suele ocurrir, la palabra intrépido ampara varias actitudes completamente diferentes. Citaré sólo las tres más importantes. Un individuo puede ser intrépido, primeramente debido a que no le importa vivir; para él, la vida no es muy valiosa. Por tanto es intrépido cuando se ve enfrentado al peligro de morir; pero aunque no le tema a la muerte puede tener miedo a la vida. Su intrepidez se basa, entonces, en su falta de amor a la vida. Por lo común, este tipo de individuos no es intrépido, en modo alguno sino se haya en trance de arriesgar la vida. De hecho, busca con frecuencia situaciones peligrosas para eludir su temor a la vida, a los otros y a sí propio.

La segunda clase de osadía es la del individuo que vive sometido simbióticamente a su ídolo, sea este una persona, una institución o una idea. Las ordenes del ídolo son sagradas y resultan mucho más apremiantes que ni siquiera las disposiciones de supervivencia de su mismo cuerpo. Si llegara a desobedecer o dudar de las ordenes del ídolo, encararía el peligro de perder su identidad con éste; lo que significa que correría el riesgo de hallarse enteramente aislado y de esta manera al borde la locura. El miedo a exponerse a este peligro lo hace preferir la muerte.

La tercera clase de intrepidez la encontramos en la persona totalmente desarrollada que descansa en si misma y ama a la vida. Quién se a sobrepuesto a la avidez no se adhiere a ningún ídolo o cosa. Y, por lo mismo, no tiene nada que perder: es rico porque nada posee, es fuerte porque es esclavo de sus deseos. Este tipo de persona puede prescindir de ídolos, deseos irracionales y fantasías, porque esta en pleno contacto con la realidad, tanto interna como externa. Y cuando ha llegado a una plena “iluminación” entonces es del todo intrépida.

La esperanza y la fe, siendo cualidades esenciales de la vida se dirigen por su misma naturaleza a trascender stau quo individual y social. Una de las características de la vida es que se halla en constante cambio y que en ningún momento permanece igual. La vida que se estanca tiende a desaparecer. Y si el estancamiento es completo se produce la muerte. De aquí se sigue que la vida con su propiedad de cambio y movimiento tiende a romper y a superar el stau quo. Crecemos o más fuertes o más débiles, más sabios o más tontos, más valerosos o más cobardes, cada segundo es un momento de decisión para lo mejor o para lo peor. Alimentamos nuestra pereza, nuestra avaricia o nuestro odio, o bien los dejamos morir. Cuanto más los cultivamos tanto más fuertes crecen; y en la medida en que los descuidamos se vuelven tanto más débiles. Lo que vale para el individuo vale también para la sociedad. Esta jamás es estática: sino crece decae; sino trasciende el stau quo hacía lo mejor se desvía hacía lo peor. A menudo tenemos, la gente que conforma una sociedad o como individuos la ilusión de que podríamos estar quietos y no alterar la situación dada en uno u otro sentido. Esta es una de las ilusiones más peligrosas. En el momento en que nos detenemos, comienza la decadencia.

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