CAMISETAS ERAN LAS DE ANTES

CAMISETAS ERAN LAS DE ANTES

Fútbol Chacarero. “Camisetas eran las de antes” es uno de los relatos de Eduardo Bigotti y se puede encontrar en el libro “15 cuentos de fútbol y 3 de otro palo”. (2006)

Los del barrio Las ranas tenían un buen equipo, había un par de pibes que ya jugaban en el Firmat Foot Ball Club por eso nosotros queríamos jugar siempre contra ellos. Una vez al mes, nos enfrentábamos en la canchita nuestra porque la de ellos se inundaba, en realidad se inundaba todo el barrio porque estaba en un pozo y por eso le pusieron Las ranas.
Armábamos unos partidos terribles con el simple objetivo de sacarnos las ganas, mejor dicho, para ganarles y contárselo a las pibas del barrio. Algunos los jugábamos por guita y otros simplemente por el honor. A principio del 80, ellos aparecieron con unas camisetas verdes y amarillas; el padre del gordo Barreto, como tenía negocio, las tenía guardadas de un torneo comercial y se las había regalado.
El partido en el que estrenaron camisetas se las ganamos bien; si nos daban a elegir, seguro que cambiamos el triunfo categórico por la derrota con las remeras iguales, que soñábamos tener.
Una vez al mes nos seguíamos viendo las caras, les envidiábamos los números de cuero grandes y el escudito del barrio que le habían pegado. El resultado ya no era importante: a veces se ganaba, otras se perdía; pero ellos jugaban vestidos todos iguales y nosotros parecíamos un semáforo.
– ¿Por qué no traemos remeras blancas y le decimos a la mamá del Chita que nos cosa los nombres y números? – Nos miramos todos, como sabíamos que la mamá del chita era la mejor costurera del Firmat aceptamos la propuesta con buenas ganas.
– Bueno, pero juntemos las remeras esta semana, porque la otra mi vieja arranca con los vestidos del festival de patín – dijo el Chita dando por cerrado el trato.
– Listo, el viernes cuando vengamos a patear, traemos las camisetas y después el Chita se la lleva a la madre.
– Una preguntita, nada más – dijo el Chita mirándonos a todos – ¿Le digo a mi vieja que le cosa el nombre Estrella Roja adelante?
Todos estuvimos de acuerdo con la idea porque el equipo lo habíamos bautizado así. Nos volvimos a encontrar el viernes en la canchita. Cuando terminamos de jugar, le dimos a Chita las remeritas blancas. No eran todos del mismo tono, habíamos llevado lo que nos dejaban nuestras viejas, pero con el nombre cosido iban a quedar bien gauchitas.
Nos fuimos cuando nos corrió la noche, en el camino nos cruzamos a Barrerita, el arquero de Las ranas. El Colo no aguantó y le pegó el grito:
– ¡Che Barrerita, el sábado jugamos…mirá que nosotros vamos a ir con las remeras nuevas, vayan y no se hagan los boludos, eh!
Barrerita lo miró y siguió caminando rumbo al almacén del Antonio. Lo único nuevo que le estaba comunicando el Colo era lo de las remeras, seguro que por eso no dio mucha bola.
Llegó el sábado, la canchita estaba mojada porque a la noche había llovido. Estábamos todos en cuero esperando que el Chita nos trajera las remeras, hasta que apareció. Venía en bicicleta con el hermano; podía haber venido en tren que nos daba lo mismo. Lo primero que buscamos con nuestras miradas, fue la bolsa de remeras.
El “efecto aparición de las remeras”, causó estragos, al primero que cautivó fue al Caco, el rubio, metió un pique hasta el arco de ellos con patinada incluida; a llegar a la cuneta se deslizó en puntitas de pie para no caerse, se miró los sacachispas y haciéndose el salame, apretó bien fuerte los cordones como culpándolos de la resbalada. Cuando se levantó le gritó al Chita:
– ¡Me refale pero la 10 es mía, vieja!
Las bolsas las tenía el hermano del Chita (el que iba a patín porque no le gustaba el futbol) entre todos lo rodeamos y lo apuramos a los chirlos para que las repartiera. El primero en desplegar una de las camisetas fue Coco, el tipo se introdujo en la bolsa como si fuera un castor, cuando encontró la joya buscada la miró dos veces, la tocó y se despachó:
– Che estos números están hechos con lentejuelas; vamos a parecer las minas de patín.
– ¡Uh Chita encima el nombre que le cosió tu vieja dice “Estrella rosa”! – dijo Ale mirando de reojo a los de Las Ranas. Seguro que pensaba en lo que dirían los otros, cuando lo vieran correr todo flaquito y con ese nombre en la remera.
Para completarla, el Cordobés se dio cuenta que en la espalda, justo arriba de los números, la mamá del Chita decidió asegurar su eterna presencia en nuestras remeras bordando con letra gótica la leyenda: Bordados Nelly… la delicadeza hecha costura.
Palito ni la miró, se la puso y salió corriendo. Con esa remerita y su habitual medio culo afuera de los pantalones, estaba para la cachetada.
El primero de ellos que nos vio fue Barrerita, que lo codeó a su hermano el Catorra, y le dijo algo. El otro apiolado del asunto fue diciéndole a todos los de Las Ranas. Las caras lo decían todo, corrían, se reían, y de repente empezaron a burlarse haciendo la entrada en calor, con pasitos de ballet.
– ¡Te dije que le pusiéramos “barrio la jeringa” en vez de Estrella Roja. Si me hubieras hecho caso, mi vieja no le erraba! – le dijo el Chita al Colo tratando de salvar a su madre.
– Sí, capaz que le poníaaa …. Barrio la bombachita – contestó el Colo y se arrancó un par de lentejuelas del número, para demostrar que era machito.
Nuestras demoras y discusiones estaban siendo del agrado de los muchachos de Las ranas, así que para despejar el “conflicto de las remeras” algunos nos pusimos las camisetas y empezamos a patear; los otros (que todavía estaban en cuero) daban rienda suelta a su enojo con la cara de culo infernal.
El Colo y el Chacha tiraron la pelota al barro para poder protagonizar una patinada indescriptible. Ese falso deslizamiento tenía un único objetivo: deshonrar con mugre el delicado numerito de lentejuelas para que no fuera visto durante el juego. Consiguieron embarrar sus camisetas, se las pusieron y se dieron cuenta al instante que se les pegaban al cuerpo como la malla de la Silvita Gaitán. El Colo no aguantó y se la sacó, la tiró al lado del arco y se metió a la cancha como poniendo cara de yo juego en cuero ¿y que?.
Arrancamos el partido, costurita más, costurita menos, disfrutamos igual del fulbito porque por primera vez en nuestra corta vida, teníamos un número que identificaba al puesto que ocupábamos en la cancha.
El único que no estuvo a gusto con su número fue Coco, el que jugaba de puntero izquierdo, pero la madre de Chita, que era una vieja muy cabulera se negó a poner el once porque traía mala suerte y le engrampó el nueve treinta y tres que había salido la noche anterior en la Nacional.
Eduardo Bigotti  es Periodista , animador radial y escritor de cuentos de fútbol. Oriundo de la ciudad de Firmat, General López, provincia de Santa Fe.

bigotti

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