CRUYFF NO ES MI HÉROE

CRUYFF NO ES MI HÉROE

Nota del periodista Mariano Schuster para revista Panamá.

En 1978 Freek De Jonge no quería ser holandés. Aunque su documento de identidad marcase: Nacido en Westernieland, Países Bajos, el 30 de agosto de 1944, aquel joven que solía transitar la noche de Amsterdam con sus espectáculos de stand-up estaba firmemente decidido a arrojar su identidad por las cloacas y huir hacia otras tierras. Sus dos grandes pasiones, el fútbol y la izquierda, no hacían más que darle disgustos.

Aunque pasaba horas mirando a su selección en un Philips de 14 pulgadas, era incapaz de despegar sus ojos de los periódicos que reflejaban la situación en América Latina. La belleza de la Naranja Mecánica – la selección holandesa que despertaba pasiones en el mundo entero– contrastaba con un contexto en el que se imponían dictaduras, horror y muerte.

“De Jonge organizaba charlas con el ERP en Amsterdam y quería que Holanda rechazara jugar el Mundial”

Hacía algo más de un dos años, De Jonge había decidido manifestarse. En el fondo de su casa, reunido con su compañero de aventuras artísticas, Bram Vermeulen, habían creado una curiosa organización para denunciar los crímenes de la Triple A y de la Dictadura de Videla. El Comité de Solidaridad Argentino Holandés era la expresión máxima en Europa de la lucha contra la dictadura.

Colocaban afiches en las paredes, denunciaban por megáfono torturas y desapariciones y realizaban eventos de lo más variopintos. Homenajes a las víctimas de la Masacre de Trelew en el centro de Amsterdam, conferencias con militantes del ERP y Montoneros en pequeñas localidades del interior, recitales y obras de teatro en los bares de la bohemia capital y hasta proyecciones de La Hora de los Hornos de Pino Solanas y Los Traidores de Raymundo Gleyzer. Eso hacía el Comité de Solidaridad Argentino Holandés. Pero De Jong tenía una deuda pendiente. Convencer a la selección de su país de no viajar al Mundial 78.

La Naranja Mecánica era la última expresión del fútbol lírico, la combinación de verdad futbolística y belleza estética. En 1974, con la dirección de Rinus Michels, Holanda había conseguido un subcampeonato que siempre tuvo el gusto de la derrota. El “fútbol total” no merecía perder contra la Alemania de Beckenbauer y Hoeness. No lo merecían Johnny Rep, Rob Rensenbrink y Ruud Krol, jugadores, todos, de una categoría francamente indescriptible. Y no lo merecía, sobre todo, Johan Cruyff, el chico mágico que daba las ordenes, el joven que manejaba los hilos de esa selección imparable. Él, que había pasado del Ajax al Barcelona y que se había ganado fama de rebelde y libertario, era un fenómeno sin igual adentro y afuera de la cancha. Sus frases –que bien podrían haber sido de Lichtenberg, Cioran o Ramón Gómez de la Serna-  son, todavía  hoy, latiguillos de cualquier fanático del fútbol. ¿Quién no diría, con una mezcla de verdad y absurdo: si vos tenés la pelota, el rival no la tiene? O Prefiero ganar por 5-4 que por 1-0. Es que para Cruyff –el jugador loco que fumaba en el entretiempo de los partidos-, el fútbol era menos intrincado de lo que uno imagina. Es todo muy sencillo: si metes un gol más que tu oponente, ganás– solía decir.

hitlervidelaPara el artista Freek De Jonge las cosas, eran, sin embargo, bien distintas. Cruyff y sus compañeros no eran solo la expresión más bella del fútbol. No se trataba de genios despegados de un ambiente y un contexto internacional. Ellos eran, antes que cualquier otra cosa, representantes de su país.

Como tales, decía De Jonge, debían negarse a viajar al Mundial de Argentina ’78 y condenar las torturas y desapariciones de la dictadura de Videla, Massera y Agosti. El joven rebelde había decidido llamarlos uno a uno y pedirles un compromiso ético: el de rechazar abiertamente participar  de la Copa del Mundo.

Sin embargo, cada vez que marcaba el número de un futbolista recibía rechazos y burlas. El mediocampista Willem van Hanegem –que finalmente no viajó a la Argentina por un conflicto con un compañero de equipo-, llegó a afirmar en un programa televisivo que no contestaría las llamadas de De Jonge.  Si me llama la gente del Comité de Solidaridad con Argentina pondré a mi perro en el tubo del teléfono. La frase resonó extraña en un declarado antifascista, cuyos padres, sus dos hermanos y su hermana, habían sido asesinados por los nazis durante la invasión a Holanda en 1940. Con el técnico, Ernst Happel, tampoco le fue bien. En una entrevista posterior, brindada a los periodistas Marcel Rözer e Iwan van Duren para el libro El fútbol en una guerra sucia declaró: Sólo queríamos ganar. Nos daba igual si el trofeo nos lo entregaba el mismísimo Adolf Hitler. La conclusión de De Jong frente a la negativa de los futbolistas de seguir el boicot fue lapidaria: Nadie podrá decir, como en los juegos olímpicos nazis de 1936, que no lo sabían. Irán al Mundial como héroes. Pero volverán como colaboracionistas.

FILE - This is a July 7, 1974 file photo of Dutch forward Johan Cruyff, left, runs past German defender Paul Breitner, sitting on the pitch during the final of the Soccer World Cup at the Olympic Stadium in Munich, Germany. Dutch soccer great Johan Cruyff, who revolutionized the game with the concept of 'Total Football,' died Thursday March 24, 2016. He was 68. (AP Photo)

Y, sin embargo, el mito de la Holanda contra la dictadura se encendió. Cruyff, el hacedor del fútbol más bello, rechazó viajar a Buenos Aires y relató confusas historias que lo instalaron como un defensor de los derechos humanos. Sin embargo, todos sabían que no había relación alguna entre su negativa a jugar la Copa y la dictadura militar. En 1977, mientras jugaba en el Barcelona, había sufrido un intento de secuestro en su propia casa. Tiraron a su mujer al suelo y le ataron las manos, mientras a él le apuntaron con una pistola durante un buen rato. Su mujer consiguió escapar y avisar a la policía. Ese día le prometió a su mujer que se quedaría junto a ella y que no viajaría a la Copa del Mundo. A ello ya se le habían sumado inconvenientes con su técnico y una vieja pelea con su mujer: no quería a Johan se fuera de casa para repetir la escena vivida en el diario alemán Bild, en el que su marido había aparecido junto a varias chicas ligeras de ropa.

Cruyff se encargó de alimentar el mito. Brindó declaraciones contra la dictadura tiempo después de acabado el Mundial y comenzó a moverse con el halo inconfundible de los falsos resistentes. El mito de la Holanda solidaria y humanista creció aún más cuando el equipo rechazó ir a la cena de clausura de la Copa, so pretexto de no querer estrecharle la mano a Videla. Pero la injusta subcampeona se había negado a asistir al Hotel Sheraton por razones menos poéticas: los festejos argentinos en la calle les impedirían a los jugadores volver al Hotel Plaza en el que habían concentrado.

53e30b0d79e47Y, sin embargo, en todo aquel mítico ambiente de la Holanda anti-dictatorial había algo cierto. Porque en ella jugaba el melenudo y rubio defensor Wim Rijsbergen. Aquel jovencito, salido de la cantera del PEC Zwolle, no tuvo suerte en la Copa. En el tercer partido de la fase de grupos, disputado contra la selección escocesa, se lesionó y tuvo que salir de la cancha. Los médicos le anunciaron que necesitaría una semana de reposo para recuperarse. Rijsbergen no sabía que hacer: había llegado al país para jugar todos los partidos y demostrar que se encontraba entre los mejores defensores del torneo. Pero una lesión podía dejarlo afuera. En algún momento,  Rijsbergen debió acordarse del viejo izquierdista que, en su país, quería boicotear el mundial. Así que, en medio del dolor de su pierna, decidió rendirle homenaje. Un jueves, pasado el mediodía, salió de la concentración en el Hotel Plaza y alquiló una bicicleta. Preguntó la dirección de la Plaza de Mayo a un argentino que no entendió bien aquel extraño idioma y, luego, comenzó a pedalear. Al llegar, a las tres de la tarde, vio a un grupo de gendarmes apostados en la puerta de la casa de gobierno y a unas señoras de pañuelo blanco dando vueltas frente a ellos. Querían saber que había pasado con sus hijos.

Rijsbergen se acercó a una de ellas, le dijo su nombre y la abrazó.

– Gracias hijo -contestó ella. Su nombre era Nora Cortiñas.

De Jong, el izquierdista holandés que quería boicotear el mundial, había conseguido un héroe. No era exactamente Johan Cruyff.

Mariano Schuster

 

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