LOS LODOS: UN POBLADO FANTASMA DE CUYO

LOS LODOS: UN POBLADO FANTASMA DE CUYO

Don Edgardo Giles  vivió gran parte de su vida en aquel pequeño poblado en la provincia de San Juan. El rasgo distintivo de aquel lugar era una curiosa laguna, casi pantanosa, que se destacaba en la planicie, muy cerca de la vía ferroviaria. Llegó a tener 560 habitantes hasta que en 1994, cuando el tren ya no pasaba más, los pocos pobladores que quedaban, emigraron.

Ya sin ventanas ni puertas, sobreviven unas decenas de casas, una desvencijada estación de tren y un edificio incompleto de lo que alguna vez soñaron que sería la futura municipalidad.

En la década del 80, su etapa más próspera, llegó a tener un intendente, en realidad era alguien que los representaba y trataba de darle al poblado condiciones para constituirse en pueblo. Era un abogado, viudo, que vivía con su hijo. El poblado subsistía gracias a la venta de mermeladas, uvas, y un par de pequeños comercios que se llenaban cuando el tren detenía su marcha por media hora, martes, jueves y sábados.

Aquel intendente, abogado, era el hombre más acaudalado del lugar, su casa era la más grande y vistosa. Algunos maliciosos indicaban que el intendente se iba gastando la herencia de su esposa pero esto no era otra cosa que esos rumores que siempre son recurrentes en pueblos chicos. Cuando el hijo del intendente cumplió 18 años, su padre cumplió lo prometido y le regaló una pequeña imprenta que le pedía desde los 15 cuando afirmaba que iba a ser periodista. A partir de entonces, día por medio el “Clarín de Los lodos” era leído por los parroquianos. Su joven director iba por las calles recolectando noticias. Y por la mañana llevaba los periódicos a los cinco puntos de venta.

Cada lunes, salía la nota de deportes con lo ocurrido en el descampado detrás de la iglesia, los partidos con los nombres de los pibitos que hacían goles. Ese mini torneo era organizado, justamente, por el Clarín de Los lodos, quién regalaba, cada día del niño, una nueva pelota.

uvasLa receta de Doña Cándida, la fractura de Eugenio al caer del techo, de todo eso hablaba el periódico. El padre orgulloso decía “mi hijo el director”, aunque en realidad su hijo no dirigía, ya que carecía de empleados, todo lo hacía solo. El padre lo aconsejaba: “no aclares que don Eugenio se fracturó trabajando para el Ermindo, le podría traer problemas a los dos”; “No cuentes que Doña Cándida tuvo que viajar a otro lugar para conseguir leche condensada porque a Los lodos no llega ¡Nos hace quedar mal!”; Haceme caso, pone: aunque no marcó goles, muy buena actuación de Alejandro, el hijo de Don Celedonio”. Le guiñaba el ojo cómplice y le explicaba: “Así te compra varios diarios y los reparte entre la peonada”. A veces el hijo protestaba: “pero papá, si esos peones no saben leer” y el padre, adjudicándose una sabiduría que su hijo no llegaba a vislumbrar, le contestaba “haceme caso, haceme caso”.

Ya entrando en los 90, aquel diario hizo una sorpresiva denuncia que tuvo en vilo a todo el poblado durante varios días. El desdichado Arnaldo Baldéz habría sido descubierto tomando vino, vino robado de la vinería donde trabajaba. La investigación terminó deduciendo que todos los sábados, en su mochila, Arnaldo se robaba una botella de vino que disfrutaba, sin pagar, en su casa, junto a su señora e hija. Justamente la hija tenía la misma edad que el hijo del intendente, el director del diario. Como ella se había rehusado a una invitación que éste le hiciera, ni siquiera se saludaban.

Don Giles era el dueño de la vinería que empleaba a Baldéz, estaba muy inquieto entonces, la suba en los impuestos a la naciente municipalidad, desde Capital, por el solo hecho que vendieran vino, exigía al intendente que impulsara impuestos a la vinería y a la pequeña vid que quedaba en pie. Don Giles, un hombre de trabajo, padecía entonces una fuerte caída en sus ventas y enterarse por el diario Clarín de Los Lodos que uno de sus dos empleados le robaba, lo enfureció. Nunca lo habían visto así. Lo fue a buscar, le gritó, lo despidió sin darle un peso. Arnaldo y su familia, como tantos otros en esos días, tuvieron que emigrar.

El hijo del intendente, meses después, dejó de publicar el diario. Junto a su padre,  viajaron a Capital, a tratar de buscar una solución para pagar los impuestos y conseguir algún tipo de ayuda, alguna inversión para que Los lodos resurgiera. Todos los pobladores, sin excepción, colaboraron con dinero para el viaje, era un último esfuerzo, una forma de encaminar la poca esperanza que quedaba.

Lamentablemente, quién fuera el intendente de ese pueblo, que ya empezaba a agonizar, nunca volvió.

6FBDon Giles fue uno de los últimos en marcharse, ya sin clientes, cuando no quedaba un solo pibe que corriera por las calles, con la iglesia cerrada desde el fallecimiento del cura, Los Lodos era un pueblo fantasma. Aquellas épocas donde los viajantes del tren, bajaban a estirar las piernas y compraban alguna fruta o algún vino, habían desaparecido.

La vinería había cerrado hace tiempo. Ninguno de sus pobladores se enteró que aquellos fingidos impuestos nunca habían existido. Ninguno supo que el intendente, con el dinero de todo el poblado, el de los impuestos y el que ingenuamente le dieron para su viaje y estadía, se había mudado, junto a su hijo, abandonándolos.

Antes de mudarse a San Luis, a la casa de su primo, don Giles revisaba, junto a su mujer, que se llevarían y que no. En el revoltijo encontraron un diario viejo, estaba la noticia de aquel vino que le sacara Arnaldo Baldéz. En letra gruesa decía grande y mayúsculas en la portada “¡ROBO!” y con letra mucho más chica, debajo del título: Investigación de Clarín da como resultado un hecho delictivo. ¿Habrá sido solamente una botella? Todo hace suponer que este robo se llevaba a cabo en la vinería “Los Lodos, vinos finos” todas las semanas. Más información página 3.

Don Giles, apretó el diario hasta arrugarlo, mientras le decía a su mujer: “¡Qué hijo de puta, ese sí que era un ladrón! Tipos así destruyeron este lugar”. Con la vista hundida en el ahora arrugado periódico, habló en voz alta: “Yo sé que el intendente y su hijo estuvieron mal en no avisarnos que no iban a volver, anda a saber que les pasó, pobre gente, tratando de ayudarnos, pero siempre le voy a estar agradecido por haberme avisado lo que nos estaba haciendo este ladrón. ¡Andá a saber cuantas botellas de vino gratis se debe haber tomado! ¡Qué ladrón hijo de puta!”.

                                         Rafael Ton

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