LA PALABRA Y LA POLÍTICA

LA PALABRA Y LA POLÍTICA

Más allá de la importancia política que tuvo el acto del miércoles, el discurso de Moyano – al que siendo benevolente se podría caracterizar como extremadamente pobre y deshilvanado – me dejó pensando sobre la relación entre oratoria y política en los tiempos actuales. Es realmente increíble que alguien que tiene la oportunidad de hablar frente a una multitud, sabiendo que su discurso será escuchado y reproducido (una y mil veces) por todas las radios y canales de televisión del país no prepare algo mínimamente presentable. Tal vez todo se deba a que las palabras ya no tienen el peso que en algún momento tuvieron en la política argentina, al menos esas palabras que siguiendo las reglas de una gramática clásica expresaban ideas y convocaban pasiones. De hecho, a lo largo de las últimas tres décadas se torna difícil encontrar figuras carismáticas y entrenadas en el antiguo arte de la retórica.

Leandro Alem, el legendario jefe radical, era un gran orador. No contamos con registros sonoros, ya que se suicidó en 1896, pero se sabe que en cualquier esquina improvisaba una tribuna y atraía a las multitudes con discursos encendidos. Hipólito Yrigoyen, su sobrino, fue durante varias décadas una figura idolatrada por las clases populares, aunque su liderazgo no se sostenía en la palabra sino más bien el silencio. El régimen oligárquico, con sus políticos de etiqueta y sus modales europeos, aborrecía a las multitudes, lo que explica fácilmente la ausencia, entre sus principales figuras, de personajes carismáticos o dotados de una gran capacidad de oratoria. A lo sumo podría decirse que se expresaban bien, pero allí no había lugar para las pasiones. La pasión en la política había que buscarla en la izquierda, sobre todo en el anarquismo, que le otorgaba a la palabra – a la escrita y a la pronunciada en público – un valor fundamental. La retórica, en tiempos en los que el analfabetismo estaba muy extendido, era un elemento fundamental de la formación política.

juan-domingo-peron-le-hablaJuan Domingo Perón fue, sin lugar a dudas, el personaje más carismático de la política argentina, al mismo tiempo que un gran orador. Su oratoria, cuidadosamente pulida en ámbitos castrenses en tiempos en los que la radio llegaba a casi todos los hogares, era demoledora. Usaba, además, palabras que estaban al alcance de cualquiera. Había algo en sus discursos que remitía al barrio, al arrabal, a lo cotidiano. Jugaba con los silencios y con las repeticiones, contaba con una gran capacidad para sostener la tensión narrativa y cerraba las frases acentuando los finales, arrancándole a las masas bramidos ensordecedores.

Evita no le iba en zaga. Frente a un micrófono, a pesar de contar con una voz pequeña, era imbatible. Tal vez haya sido el contraste entre la fragilidad de su figura y la contundencia con la que hablaba lo que le confería ese carácter excepcional. A diferencia del discurso de Perón, pausado y repetitivo, el de Evita era electrizante. Ella era capaz de poner en vilo a todo un país. Mucho más radicalizado y combativo que el de Perón, en ocasiones incendiario, sus discursos no resisten comparación. En Evita, la pasión y la política son una sola cosa.

Después del golpe que terminó con el primer peronismo se abrió una época oscura, sobre todo en el ámbito de los políticos tradicionales. Hubo sí, grandes oradores en el sindicalismo combativo de los años sesenta y setenta. Agustín Tosco, muy posiblemente, haya sido el más importante de todos.

alfonsinycafieroHubo que esperar hasta la década del ochenta para que apareciera Raúl Alfonsín. Alfonsín – y sobre todo el Alfonsín de la campaña electoral del ’83 – era un orador descomunal. Me atrevería a decir incluso que tal vez, ciñéndonos estrictamente al terreno de la oratoria, fuera superior a Perón. El tema es que Perón era Perón, y tenía además la ventaja del nombre, ese nombre que sonaba como un cañonazo.

Por esa misma época, pero en el ámbito sindical, Saúl Ubaldini, con su campera de cuero negra, un perfil sumamente austero y una historia de resistencia a la dictadura que le confería un halo muy particular, se convertía, tal vez sin saberlo, en el último gran referente de la clase obrera argentina. Ubaldini se apoyaba más en el carisma que en la oratoria, aunque conocía sus rudimentos.

Los noventa marcan una época de transición, donde se empieza a esbozar un agotamiento de las formas clásicas de la política y se empiezan a devaluar las palabras. El gobernador de La Rioja que alcanzó la presidencia a fines de los ochenta era un personaje carismático, sobre todo al principio, con ese poncho y esas patillas que le daban un aire a Facundo Quiroga. Pero no era un buen orador. Apenas se defendía.

cfkrosadaDe Néstor Kirchner se podrá decir que fue un hábil arquitecto de la política, aunque sus dotes como orador son bastante más discutibles. Cristina Fernández constituye de algún modo un retorno, al menos parcial, a ciertas formas clásicas de la política. Es una figura carismática y también una muy buena oradora. Cuenta, además, con la ventaja de no competir con nadie, en un contexto de empobrecimiento de la palabra que alcanzó, con Mauricio Macri, niveles alarmantes.

Hace un tiempo le escuché decir a Martín Kohan que entre el presidente Macri y el lenguaje existen una serie de dificultades complejísimas; que cuando comienza con una oración no se sabe a ciencia cierta si será capaz de terminarla; que se parece a un náufrago tratando de llegar a la orilla. La comparación me pareció brillante. Kohan señalaba también algo por demás evidente: la pobreza conceptual y la pobreza ideológica impactan, casi necesariamente, sobre la palabra. – Martín Obregon

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