WONDER WHEEL INCOMODA

WONDER WHEEL INCOMODA

Convivíamos con el miedo, el racismo, la homofobia, la basura en las calles, caminábamos rodeados de grafitis agresivos en las paredes. Las noticias de violaciones y asaltos eran algo cotidiano. Y sin embargo Woody Allen reveló otra perspectiva, de esa misma ciudad, redescubriendo paisajes y matices que el smog nos censuraba a simple vista; y lo hizo completándolos con música de los años 30. Revitalizó “It Had to be You” mientras lograba que aquellos bares de poca monta, otrora aburridos o peligrosos, nos parecieran inesperadamente románticos.
afiche_allenLo dije entonces y lo repito ahora: él nunca encajó del todo, quizás deliberadamente. Era un genio que motivaba tantas risas como tirrias. Los musculosos de largas cabelleras lo detestaban. Los reyes de las fábricas de cine lo miran con desdén. En lugar del rock comercial ese hombre hurgaba tonadas en viejos discos de vinilo. Dilapidó la posibilidad de grandes negocios, cuando consiguió la gran estatuilla dorada y eligió no ir a lo seguro y rodar sin música, sin efectos visuales o sin colores. Irritaba que un personaje célebre no se paseara por los shows de moda y que cuando se lo quería acusar del miope excéntrico salido de una canción de Cole Porter, se lo viera tomando cerveza y rememorando los tiempos de Yogi Berra, como uno más. Fastidió que elogiara a Bergman, a Fellini, a Truffaut, a Kurosawa, más que a Griffith. Woody Allen o produce admiración o molesta. Fíjese todo el espacio que le da la prensa de New York o Los ángeles a las acusaciones no probadas hacia Allen, mucho más de lo que le ha dado a su arte. La mayoría de esta prensa omite mencionar que un juicio le dio la razón al director. Pero ellos insisten, forman opinión en su contra, no lo quieren y no quieren que nadie lo quiera.
No lo estiman porque nos incomoda. Prestemos atención a la voz de Kate Winslet, de gran actuación, quien por medio de un ácido monólogo, despedaza el mito de esa década donde Estados Unidos alardeaba de ser país próspero de familias felices, tras la segunda guerra mundial.
newyorkSin ninguna finalidad política, los personajes de Wonder Wheel exhiben el drama de esos hombres y mujeres que trabajan mucho para obtener apenas lo básico, es decir lo que le sucede a la mayoría. Nos recuerda la infelicidad que atraviesa a los seres humanos, y los naufragios de entonces, que se parecen a los actuales, donde la angustia interior y las frustraciones empujan a un callejón sin salida: la ambición ilusoria de lugares perfectos y futuros idealizados.
Allen indaga sobre como formamos nuestras expectativas y como el tiempo nos enfrenta a lo que hicimos con nuestras vidas. La infidelidad, el alcohol, los sueños irrealizables ¿se pueden transformar en herramientas para llegar a una vida mejor, o son formas de encallar perpetuamente? Wonder Wheel molesta porque es una radiografía de un mundo que hace alarde de su colorido, como una feria de entretenimientos, pero que proyecta una sombra enorme y pesada.
Es evidente que Dylan Farrow logró que los merecidos aplausos a Woody Allen y a Vittorio Storaro ni asomen por el Dolby Theatre. Es más cómodo aplaudir las sobreactuaciones de “Wonder Woman” y su argumento infantil o algo peor, la patraña de “The post” esa millonaria y burda propaganda para The Washington Post. Nadie, salvo el valeroso Jordan Peele, querría sentarse al lado de quien nos regaló: “Annie Hall, Hannah and her sisters, Match point, Crimes and Misdemeanors y Blue Jasmine, entre otras gemas inolvidables del cine.
Todd EckertNY_newyork

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