EL OTRO SECRETO DE LA MOMIA

EL OTRO SECRETO DE LA MOMIA

Crónica real de “Pico” Sanzone. La revelación de Martín Karadagian y la idea de Tufíc Memet. Recuerdo de “Titanes en el Ring” con el relato de Rodolfo Di Sarli (Confeso hincha de Gimnasia, como el autor de esta nota)

Yo no sé cómo hizo. Nunca me dijo de dónde sacó la plata, aunque era obvio. Pero lo cierto es que una tarde, al volver de la escuela, me encontré con la noticia. Mi vieja me llevaba al Luna Park a ver la revancha de Martín Karadagián contra la Momia. Era un tiempo sin internet, ni tiketron. Existían, eso sí, unos tipos que se llamaban comisionistas y creo que por ese lado mi vieja consiguió las entradas. Para ella y para mí, aquello era una empresa impensada. Para ella, porque apenas podía parar la olla con lo que ganaba limpiando casas. Y para mí, porque ni siquiera imaginaba cómo podía ser el Luna Park. Yo había visto por la tele en blanco y negro la primera pelea de Karadagían contra la Momia. Una paliza brutal.
La Momia era sencillamente invencible. Durante el aquel “campeonato” había triturado a sus rivales y hasta alguno lo había dejado en silla de ruedas, como a Ulises El Griego o al Beattle Francés, el que se murió y años después dio paso a Mister Moto. La Momia era, para mi razonamiento de 8, 9 años, la síntesis de lo malo. Odiaba su soberbia, su andar implacable, su eficiencia de quirófano. A la distancia se me ocurre que era, para mí, la suma de todas aquellas cosas que impedían que la gente fuese feliz.

Era un tiempo de fantasía en el que Titanes en el Ring ofrecía, se me ocurre, lo que Tinelli ofrece ahora: peleas de dudosa veracidad pero que distraían a más de medio país Y se me ocurre que, como ahora, algunos sacaban ventaja de eso. Los Titanes en el Ring tenían esa impronta pero con un valor agregado: cuando uno se ilusionaba con que las peleas eran en serio, se estaba ilusionando con que el mundo podía ser un lugar donde a veces, ganaban los buenos.
La aventura al Luna Park fue inolvidable. Fuimos en el Expreso Buenos Aires,que salía de Plaza Italia, y caminamos como 10 cuadras entre un gentío de pibes y madres y padres. En la calle no vendìan ni gorros ni banderas ni vinchas. Eso que ahora se llama merchandaising y que es como una red pegajosa en la que muchos años después, como padre, me harían caer las Chiquititas y los Casi Ángeles.

La fiesta y el asombro estaban adentro. No era necesario comprar más nada. La Momia había aceptado darle la revancha a Karadagían que se la había pedido aún en contra de la recomendación de sus médicos. “El doctor De Lucía ha dicho que el campeón del mundo puede quedar paralítico si la Momia vuelve a golpearlo como lo hizo la última vez”, había dicho el relator de Titanes la tarde en que se anunció la revancha.

Un mes después, el mismo relator mostraría una caja de vidrio llena de cartas de pibes que le pedían a Martín que no peleara. Que aunque no pudiese ganarle a la Momia, siempre iban a quererlo. Porque aún con su poder y su eficiencia, la Momia nunca iba a entrar en nuestros corazones como había entrado Martín. Ese era el mensaje que nos conmovía y nos enseñaba, para algunos de manera poco ortodoxa, la diferencia entre el éxito y el prestigio.

Nadie imaginaba cómo podía ser aquella pelea. Karadagián dando golpes y patadas y la Momia inamovible, esperando, para descargar de vez en cuando su mandoble demoledor. La pelea se había vuelto interminable. Yo no sé si era pintura, salsa kechupt o el extracto colorante de la Naranjada Langré como el que le tiraron una noche al Mengueche, uno al que le hicieron la despedida de soltero en el Club 12 de octubre de la calle 48 y 27. Los amigos trabajaban en la Langré que quedaba en ese barrio. Nosotros no fuimos a ese casamiento pero los que fueron aseguran que el tipo se casó con cara y las manos anaranjadas.
El asunto es que Karadagián sangraba esa cosa que parecía sangre y nosotros, los pibes de la tribuna, llorábamos. La Momia lo acorralaba contra los rincones del ring y Martín apenas podía zafar. Y la Momia volvía a acomodarlo. Era invencible.
Hasta que ocurrió lo inesperado. Después de darle un mandoble tremendo y creyéndolo ya desmayado, la Momia le dio la espalda a un Karadagian exhausto y ya vencido. Pero Karadagían se levantó y le dio a la Momia un “cortito” en la espalda, apenas por arriba del culo. La Momia se desarmó de dolor y cayó contra las cuerdas. El Luna Park estalló en un estallido difícil de contar. Se mezclaron gritos, lágrimas y abrazos. A mí se me escapó una puteada, contra la Momia, obvio, y mi vieja me dio un maporro y la amenaza de “mirá que nos vamos, eh”. Creo que no lo hizo tanto por ella misma sino por un viejo de mierda que dos escalones abajo se había dado vuelta para mirarme como dicendo:_ “qué bonito, eh”. Y si, era bonito, era hermoso ver que la Momia tenía un `punto débil. Que no era invencible, ni infalible. Y que el destino se podía torcer, que no todo en la vida era como decían los que tenían el poder de pegar más fuerte.
D5adWhNW4AEmNSwLa Momia se levantó usando las cuerdas como una escalera, ayudándose con esos brazos larguísimos que tenía. Y ya de pié avanzó furiosa hacia Karadagián que empezó a correr por el ring, burlón, y volvió a darle otro cortito en la espalda. La Momia cayó y no se levantó más. El referí, Hans Aguila, que siempre estaba del lado de los malos, como mucha gente que conozco, no tuvo más remedio que levantarle la mano al ganador. Todos gritábamos, algunos llorábamos. Mi vieja me agarró de la mano y en esa rugosidad de manos de albañil que se había hecho a fuerza de limpiar mugre ajena, sentí la caricia más reconfortante de mi vida.
Si es verdad eso que dicen que, como si fuesen canapés, al llegar al Paraíso te regalan cosas me sentiré tentado a pedir otra vez ese momento. Quien sabe.
Muchos años después, cuando tenía apenas unos pocos meses en la redacción del diario El Dia, el flaco Mussoto me propuso hacer algunas notas para el suplemento del domingo. Ese fin de semana la troupe de Martín Karadagían se presentaba en el club Atenas. Los `80 empezaban a consumirse rápidamente y, no quisiera exagerar, pero no sé si no fue esa la última vez que los verdaderos Titanes pisaron esta ciudad. No hubo mucho protocolo para entrevistar a Karadagían. Solo la recomendación de “vení temprano”. Interpreté ese dato como unas 6 horas antes del inicio del show. Entré al vestuario y estaba desierto. Pero Karadagián se anunció desde los baños: “ya voy”, gritó con esa voz inconfundiblemente ronca. Tres o cuatro minutos después sonó el mecanismo del inodoro y al toque apareció el tipo que toda la vida se había presentado como Campeón Mundial Catch. Vestía un slip negro, una musculosa azul y calzaba ojotas. Y en la mano llevaba un rollo de papel higiénico que cuidadosamente guardó en un bolso blanco que en letras coloradas decía: “D`Ipportto”. La entrevista fue sobre uno de esos bancos largos, de madera calada que suele haber en los vestuarios. Estuvimos solos durante la media hora que duró la charla. La nota estuvo aceptable. No fue gran cosa, pero alcanzó el rango de publicable. Lo más importante fue la despedida. Karadagián era afectuoso y al despedirse te daba una palmada en la mejilla, como si fuese una caricia dura. En eso estábamos cuando se me ocurrió decirle: “usted va a creer que estoy loco, pero hay algo que desde que llegué me gustaría preguntarle”

– “Decime, pibe”, me dijo con esa voz ronquencina.
– “Es algo que no voy a poder publicar”, le advertí.
Karadagián se encogió de hombros, como diciendo qué me importa.
– “Yo desde que tengo 8, 9 años, tengo una intriga que usted solamente puede sacarme”, le dije.
No sé si la vio venir o qué, pero a Karadagián se le dibujó una sonrisa.
– “La momia…”, intenté empezar.
– “De eso no se habla. Ni de eso ni de la identidad de ninguno de los luchadores”, me cortó, enérgico.
Me apuré entonces a aclararle.
– “No, no. No me interesa la identidad de la Momia. Yo quisiera saber otra cosa. Quisiera saber –dudé- quisiera saber cómo descubrió que a la Momia le dolían los golpes en la espalda…”.
Karadagián me devolvió una sonrisa enorme, golpeó con la palma de la mano el banco de madera en una invitación a sentarme otra vez.. Y casi susurrando me dijo:
– “Fueron el Tufí Memet y el Ancho Peucelle”.
– ¿Qué cosa fueron Tufíc Memet y el Ancho Peucelle?”, pregunté, intrigadísimo.
– “El de la idea fue Tufíc Memet y el que me terminó de convencer fue el Ancho. Mirá, te voy a contar. El personaje de la Momia es una creación mía. Pero en un momento se me había ido de las manos. Era tan poderoso, invencible,no había forma de voltearlo sin que la gente sospechara que había un arreglo. Me rompía la cabeza pensando cómo derrotarlo y que fuese algo creíble…¿entendés?”.
– Claro”, dije.
– “Pensamos muchas variantes. Hasta la idea de que apareciera uno con una especie de rayo láser y la volteara, pero enseguida la descartamos. Había que vencer a la Momia, a esa Momia indestructible que habíamos creado. Le habíamos pegado todos y con todo y la tipa ni se movía. Teníamos que vencerla, teníamos que dar la sorpresa pero tenía que ser creíble. No podíamos darle un cortito o una patada voladora y que la Momia se cayera así como así. No le encontrábamos la vuelta y te juro que era algo que me preocupaba. Hasta que una tarde cayó al gimnasio Tufíc Memet, el egipcio, y me dio la clave”.
– “¿Pero Tufíc Memet era egipcio?”, pregunté.
Karadagián hizo un chasquido de fastidio.
72E– “No, pibe. Tufi era de Colón, provincia de Buenos Aires. Pero era un tipo muy lector. Apenas tenía sexto grado pero era un gran lector. Leía diarios, revistas, enciclopedias, hacía crucigramas. Me dice Tufíc entonces, jefe, tengo la solución para lo de la Momia”.
-“Una trompada en la espalda, a la altura de la cintura”, dije yo.
Karadagián aceptó moviendo la cabeza y siguió revelándome su secreto.
. “Me dice Tufíc: estuve leyendo que a las Momias no las vendaban con vendas enteras, No había en esa época rollos de vendas, ¿me entiende?, la vendas las ponían de a pedacitos una de al lado de la otra, me dice Tufíc”.
– “Claro –dije- las vendas no eran como rollos de papel higiénico”.
– “Exactamente –dijo Karadagián- entonces, como las vendas no eran enteras existía la posibilidad de que algunas partes del cuerpo estuviesen más cubiertas que otras. ¿Entendés?”.
– “Claaaro”, dije, casi con el mismo asombro con que mucho tiempo atrás había visto caer a la Momia, derrotada, sobre el ring del Luna Park.
– “Yo no estaba muy convencido. Pero el Ancho, cuando le conté, me dijo que era una idea brillante. Pegarle donde las vendas fuesen más débiles. Si alguno preguntaba por qué la Momia se caía cuando la golpeaban en ese lugar de la espalda, le decíamos eso. Igual, te digo, nunca nadie preguntó lo que me estás preguntando vos”.
Karadagián miró la hora en un reloj que había colgado en la pared y me despidió con otra palmada.
– “Ahora ya lo sabés”, me dijo. Y me guiñó un ojo.

Pico Sanzone

karadagian

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